A Merkel rogando y con el mazo dando

Merkel y el BCE pueden tener cierta razón en hacerse los remolones a la hora de ponerse a extender cheques para España y los demás países deudores. El dilema de siempre es si el problema de cada país es de liquidez o de solvencia. Si el problema es de liquidez tiene muchísimo sentido extender cheques, pero si es de solvencia, avalar a los deudores solo serviría para ganar tiempo y agravar el problema.

¿En qué situación está España? ¿Es un problema de liquidez o de solvencia?
Con una crisis económica de caballo como la que tenemos, y con la demanda deprimida, lo lógico sería que las importaciones estuviesen bajo mínimos, mientras que las exportaciones llevasen un ritmo normal o un poco mejor de lo normal. De ese modo tendríamos un saldo comercial positivo que nos ayudaría a ir pagando la deuda externa (me refiero a deuda de España con el resto del mundo, pública y privada). Eso sería la situación en un país en crisis pero solvente.

En su lugar, en medio de la madre de todas las crisis, estamos gastando como país más de lo que ingresamos, es decir, que estamos comprando más de lo que vendemos. El déficit comercial en 2010 fue de 42 billones de euros, es decir un 4% del PIB aproximadamente. Somos como una familia que está hasta arriba de deudas y en vez de empezar a gastar menos y ahorrar, seguimos gastando más de lo que ingresamos y pidiendo en la carnicería que nos fíen.

El problema es todavía peor porque no solo gastamos más de lo que ingresamos, sino que no hay perspectivas de que en el futuro ocurra lo contrario. Para un país que en términos generales ha crecido en las últimas décadas gracias a salarios más bajos que en el resto de Europa y precios competitivos para los productos que manufacturamos, ahora nuestros productos salen caros de comprar para el resto de Europa e incluso para nosotros mismos si tenemos la oportunidad de comprar productos importados.

Puede que los salarios que tenemos no parezcan gran cosa, pero de hecho durante los años de la burbuja inmobiliaria se han puesto a un nivel en el que nuestras ventas son insuficientes. Hasta que no aceptemos que nuestros salarios tienen que bajar respecto al de nuestros socios, continuaremos en una insolvencia de la que no podemos salir por mucho que nos preste dinero el Banco Central Europeo.

Es más, los préstamos pueden llegar a ser contraproducentes, porque nos dan la sensación de que podemos seguir gastando más de lo que ingresamos, sin que veamos la necesidad de tocar aquello que más nos duele, nuestros salarios.

No es extraña la posición remolona de Merkel y el BCE. No da la impresión de que seamos capaces de devolver en el futuro aquello que nos presten ahora. En estas condiciones el dinero que nos podría dar Alemania o el BCE no sería un préstamo para salir de un apuro temporal, sino un pago a fondo perdido que saldría de los contribuyentes europeos y que no ayudaría a resolver los problemas de fondo.

Desde esta perspectiva la solución de la crisis del euro puede requerir la ayuda de nuestros socios más solventes, pero éstos no tendrán ninguna gana de rascarse el bolsillo a menos que rebajamos nuestros costes de producción para que podamos devolver en el futuro todo lo que tomemos prestado.

Mientras el precio de nuestros productos no sea competitivo, seguiremos comprando más de lo que vendemos. El coste de producir tiene que bajar, y no creo que seamos capaces de reducir costes a menos que nuestros salarios bajen, o al menos que suban bastante menos que los de nuestros socios europeos.

Necesitamos ayudarnos a nosotros mismos tanto o más que nos ayuden. Pero también necesitamos que nos ayuden. Ahora mismo el sector público, el déficit público, está sosteniendo la maltrecha demanda. Si nos quedamos sin muleta y forzamos o nos fuerzan a una mayor austeridad, las cifras del paro seguirán subiendo. Dentro de lo que cabe sería deseable que el inevitable saneamiento de las cuentas públicas sea postergado hacia el futuro. Esto no puede hacerse sin ayuda externa de nuestros socios más solventes.

En resumen, necesitamos ayudarnos a nosotros mismos rebajando nuestros costes, y eso supone rebajar nuestros salarios; tanto para volver a una senda de solvencia, como para que nuestros socios se fíen de nosotros y nos faciliten la liquidez necesaria para salir del paso en el corto plazo.